El miedo al "cringe" construye las estéticas conservadoras de esta nueva era
- 6 nov 2025
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"No soy una mamá normal, soy una mamá cool" escuchamos una vez decir a la madre de una de los personajes más relevantes de las películas de los 2000s, "Mean Girls", en donde veíamos a una mujer (quizás entre sus 30s y 40s), que se enorgullecía de sí misma al romper con normas tradicionales de crianza con su hija adolescente, la prom queen Regina George, al permitirle tener una vida sin reglas y festejándole actitudes lo más rebeldes imaginables. Y a pesar de que es cierto que este es un personaje evidentemente exagerado de lo que sería una madre poco convencional, en mi corta experiencia visitando nuevos hogares no pareciera estar tan alejado de la realidad. Por supuesto no hablo de madres infantilizadas que parecen vivir su adolescencia a través de accionares cuestionables de sus hijas, sino madres que romper con las normas con las que las criaron y se convierten en poco convencionales: permiten a sus hijos mayores libertades de las que tuvieron como tener pareja en su adolescencia, salir con amigos, aceptar las nuevas ideologías progresistas adaptadas al mundo en que vivimos... y aunque me podrás decir que no todas las madres son así, me vas a poder admitir que a alguna así conoces.
Y me sorprende que siendo que muchos de nosotros fuimos criados a base de padres que tienen una perspectiva más bien liberal, permisiva y respetuosa de nuestras elecciones, deseos y opiniones, se me hace sorprendente como estamos ante una nueva generación tan conservadora. Porque claro, esta ideología tradicional nuevamente vuelve a convertirse en popular no por la crianza de los padres, sino por la crianza de las redes sociales, con un castigo aplicado a todos efectuado a través de la vergüenza ajena, actualmente popularizado como "cringe". Una nueva palabra que parece habernos afectado a todos los usuarios de internet, de manera directa o indirecta: es la sensación que nos produce ver a un otro hacer una acción que nos termina por producir pena, rechazo y vergüenza ajena, al hacer algo distinto visto como "raro".
Ahora, claro, la vergüenza ajena siempre existió, no nació con las redes sociales. Sin embargo, podremos comprender que no es lo mismo caerte en una calle donde te ven cinco personas y que, posiblemente se olviden de lo ocurrido al cruzar de calle, a vivir una experiencia vergonzosa frente a millones de usuarios, quedando aquel instante inmortalizado en internet.
Esto termina por coaccionar el comportamiento en internet de los más jóvenes, aquellos que nacieron con un celular en sus caras retratando el segundo cero de sus vidas, aquellos que fueron criados y desarrollados con los códigos de internet. Porque no es lo mismo para todos aquellos que adoptamos y nos amoldamos a normas que nosotros mismos fuimos construyendo, siendo aquellos que nos criamos a base de juguetes físicos y TV, y que intercambiamos por un celular recién entrados a nuestra adolescencia. Los más jóvenes (quienes tienen 18 años y menos) se vieron obligados de manera inconsciente a adaptar sus personalidades desde muy temprana edad a las normas de las redes sociales, porque nada da más miedo que ser víctima de ellas y caer en lo cringe.
Así, el cringe termina por ser el divisor visual de las nuevas generaciones: mientras nuestros padres, nacidos entre los años 70s y 80s, criados a base de series como Friends, The Nanny, y Sex and The City, adoptan conductas burbujeantes, deconstruidas y espontaneas que los convierten en portadores de identidades únicas que abrazan sus gustos diferenciales y se enorgullecen de ser "políticamente incorrectos", "adoptar a sus niños interiores" o de actitudes conocidas como "picantes", las nuevas generaciones parecen tenerle miedo a la expresión de gustos diferenciales de su grupo y terminan por caer en ideologías, gustos y (lo que más vamos a desarrollar en esta crítica) estéticas conservadoras.
Para hablar de estas estéticas conservadoras que menciono, tendríamos que hacer un pequeño viaje al pasado para intentar recordar las modas de las que fuimos parte los adolescentes hace tiempo atrás. Sin irnos muy lejos, durante los inicios de los 2000 nace en argentina un fuerte movimiento bautizado como los floggers, un grupo de chicos y chicas caracterizados por una estética colorida en tonalidades fluo presentes tanto en pantalones chupines, uñas y lentes de rendijas, un gusto por la música electrónica expresado a través de pasos de baile (que he intentado pero nunca me salieron) y un característico pelo largo, con flequillo y mucho volumen. Para los adultos, los floggers eran jóvenes poco disciplinados, provocando un escandalo a sus padres cuando los veían vestidos así, recibiendo la respuesta de sus hijos "todos nos vestimos así ahora". Entonces como podemos ver, la vergüenza ajena siempre existió (en este caso, de parte de los padres más conservadores ante el novedoso estilo de sus hijos), sin embargo, este "cringe" venía de los adultos, no de los pares, de los cuales era de quienes se buscaba esta aprobación; no importaba lo que los adultos pensaran, la única voz de autoridad estética eran los amigos y chicos de la misma edad, quienes también compartían (en su mayoría) una misma identidad estética. Ahora, la problemática actual nace de que este "cringe" del internet no sabemos con precisión de quién viene, pero en muchas ocasiones viene de nuestros pares, de otros jóvenes, a los que tenemos el deseo de encajar. Porque el adolescente tiene por naturaleza el deseo de ser aceptado por sus iguales, por eso todos los grupos urbanos (punk, grunge, hippies, floggers... ) nacen de gente joven en búsqueda de un igual el cual me acepte como parte de un grupo mayor, separando nuestra identidad de la de nuestros padres; es un proceso natural, sano y necesario, que se dificulta cuando nuestros iguales no nos aceptan y nos ridiculizan.
Es por esto, que las modas en los adolescentes vieron un cambio abismal en su sentido estético; ya no se busca la rebeldía, la creatividad, el color, el maximalismo ni la fantasía: ahora, en una búsqueda por ser aceptado por la mayoría, no hay un arriesgo estético. El minimalismo termina por ser aceptado por la mayoría, siendo difícil encontrar detractores, porque es simple, sin destaque, no comunica un mensaje novedoso: implica limpieza, orden y pulcritud, todos aspectos que nadie vería como negativo (solo las generaciones anteriores de adolescentes...). Si no destaco, no me critican; si busco una "perfección estética" (empujado también por la popularización de filtros y aplicaciones de modificación física) seré difícilmente rechazado. A partir de este pensamiento, nacen tendencias como el tanto amado como odiado clean look, la máxima expresión de búsqueda de una supuesta perfección a través de peinados recogidos con gel que no permiten ni un pelo afuera (los floggers lloran desde sus escondites...), skin-care que permita una piel lisa, maquillaje que no se note, y prendas en tonalidades neutras, sin volumen ni statement pieces.
No es casualidad que esta tendencia se vea de la mano con un retorno feroz de las inseguridades estéticas que buscan hacer crecer el pensamiento de que todos los cuerpos deberían verse de cierta manera, tanto en cuestion de un peso y medidas, como en rasgos faciales, traduciéndose en múltiples artistas e influencers que se realizan operaciones estéticas en búsquedas de verse unas iguales a las otras. El miedo al rechazo convirtió a las nuevas generaciones en una copia minimalista uno del otro, sin destacarse en estilo, opiniones, ni físico, porque quien no destaca ni es diferente a la norma no da cringe.
Detrás de un clean look también se esconde una búsqueda por encajar en una economía que quizás no nos pertenece. Los adinerados, por años, han sido clasificados como "portadores del buen gusto", muchos conocidos por utilizar indumentaria minimalista pero de muy buena calidad, en una evidente búsqueda de defender una estética que no ostente su dinero a simple vista, lo llamado popularmente "lujo silencioso". El minimalismo se convierte así en un escudo de nuestra propia realidad económica.
Si me preguntan como podría encontrar una solución a esta paranoia colectiva al rechazo diría que también entiendo las inseguridades de primera mano, y la búsqueda por ser parte de algo es un común denominador en todos los adolescentes que luego, con un poco de madurez y entendimiento de que no le podemos (ni debemos) gustarle a todo el mundo, terminamos por abandonar y convertirnos en seres auténticos al abrazar quienes somos (un poco como hacen nuestros padres hoy en día). Es difícil ponernos en los zapatos de una generación que vivió con una constante interacción con un mundo externo que no los conoce pero se convierten en opinologos de sus vidas (a quienes le podríamos decir también que sus comentarios de "me da cringe" no son relevantes realmente y nadie les pidió su opinión). Pero sí les puedo asegurar, como creadora de contenido y periodista que se dedica a un rubro fuertemente criticado por gente que poco lo conoce, que no se llega a ningún lado en la vida manteniéndonos en nuestra zona de confort, hay que romper con esas normas conservadoras y opiniones ajenas para llegar a donde queremos estar: no vamos a cumplir nuestros sueños si no nos animamos a dar un poco de cringe antes.
Esta crítica está fuertemente inspirada en el video "La generación Z, el cringe y la ultra derecha conservadora" de la influencer Onlinemami_



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