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La paradoja del deseo y la sensualidad en Halloween

hace 11 minutos
3 min de lectura

Analizamos por qué, cuando el calendario exige terror y monstruosidad, nosotras respondemos con encaje, látex y ligueros. No es una renuncia al miedo; es la conquista absoluta de la narrativa visual.

Halloween deseo sensualidad

Llega octubre, y con él, inicia la spooky season. Son semanas en donde dejamos que la fantasía del terror nos envuelva con sus películas, escuchando el himno pop de Halloween de nuestra generación "Calling All the Monsters" de China Anne McClain, y los mayores fanáticos, decoran sus hogares con telarañas y calderas. Y lo que es un innegociable incluso para nuestras tierras hispanas es el acto de disfrazarse.



Lo veíamos en los especiales televisivos cada año. Ya seas fan de Disney, Nickelodeon o Cartoon Network, durante Halloween era obligatoria la transmisión de episodios especiales o películas a tono en donde tanto pequeños como grandes vestían por una noche la piel de algún ser mitológico, ficticio o histórico, ya sea para pedir "dulce o truco" puerta a puerta como para engolosinarse en las fiestas temáticas. Y por mucho que algunos de nosotros hubiéramos deseado ser parte de este primer ritual en nuestras infancias, lo que sí terminó por emigrar a nuestro país fueron las fiestas de disfraces de Halloween.


Halloween deseo sensualidad

Sea en boliches que prometen "free pass" al dress code temáticos, como las reuniones con amigos, la Noche de Brujas es nuestro pase libre al delirio importado. Hay disfraces que buscan el gag bizarro, están los artistas que construyen obras de maquillaje prostético, y los que improvisan con lo que encuentran a mano antes de salir. Pero mi lupa hoy se detiene en un ecosistema particular que reina en cada pista de baile: el disfraz erótico.


Parecería contradictorio creer que existan personas que buscan vestirse lo más eróticamente posible en una noche cuya supuesta primicia es el terror. Donde esperaríamos monstruos, vampiros y calaveras hay diablitas de charol, conejitas de terciopelo y versiones ultracortas del uniforme laboral. Como bien sentenció el personaje de Lindsay Lohan en esa sagrada Biblia pop que es Mean Girls: el Halloween es la única noche del año en la que una chica puede vestirse de manera escandalosa y ninguna otra puede decir nada al respecto. Y aunque podríamos creer de manera fría que poco tiene que ver estos dos fenómenos, resulta ser que no: la sensualidad siempre estuvo ligada con el terror.



Pensemos en el cine slasher más canónico; la casa aislada, la niebla, el cazador al acecho. ¿Quién es el centro gravitacional de esa imagen? La chica deseada. El rostro angelical, envuelto en inseguridades y prejuicios de la it girl incomprendida, siempre protagoniza el encuadre. En la primera entrega de Scream (1996), el personaje de Tatum confronta a Ghostface con una línea que es puramente coquetería macabra: "Oh, ¿querés jugar al asesino psicópata? ¿Puedo ser la víctima indefensa? ¡No, por favor no me mate, Sr. Ghostface, quiero estar en la secuela!".


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Esa falsa inocencia deliberada, esa scream queen que desafía a un villano dominante, es la misma lógica de poder que opera en nuestros vestuarios de octubre. Vemos una sensualidad armada hasta los dientes: arneses de ecocuero negro, corsets asfixiantes de satén y mallas de red bajo botas de plataforma. Por un lado, la brutalidad de las máscaras y la sangre falsa del resto; por el otro, la fragilidad desafiante de la lencería expuesta.


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Es aquí donde la fantasía se bifurca drásticamente. Para el hombre heterosexual, el disfraz femenino suele cumplir una demanda visual directa, casi anatómica; pero la psique de la mujer codifica el deseo de forma oblicua, creando roles y narrativas. Esto quedó expuesto, como un forro a la vista, en el reciente trend de TikTok Hear Me Out: Cake, donde grupos de amigas confesaban atracciones inexplicables por figuras históricas, números o entes sin rostro. La mirada femenina no consume solo un envase; consume auras. La atracción está ligada a la manifestación de confianza, autoridad y misterio.



Estos tres aspectos siguen vigentes en la mayoría de los disfraces masculinos, mientras que los disfraces femeninos suelen cumplir el deseo visual de los hombres. Este juego de poder suele estar presente en las acciones y guardarropas diarios de muchas personas, pero se ve en su máximo esplendor durante las fiestas Halloween, ya que esta es una noche donde las normas sociales se ablandan y podemos todos entrar a este mundo de la fantasía. El terror debilita, pero la belleza (filosa y consciente de sí misma) protege. Al final, apropiarnos del uniforme de sirvienta, de enfermera o de monja y acortarlo hasta el escándalo es una forma de reírnos de la autoridad diurna. Cuando las luces del boliche se encienden y salimos a la calle en la madrugada porteña, con el labial rojo sangre apenas corrido y el frío cortando la piel desnuda, no somos las víctimas indefensas de ninguna película. Somos las dueñas absolutas de nuestro propio thriller. Addio, monstruos; esta noche la verdadera amenaza camina en tacos.

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